LA RELIGIÓN DE LOS MONOS

¿Se trata esta de una consecuencia “lógica” de nuestra biología y comportamiento como especie? ¿Es normal que evolutivamente hayamos desarrollado, con carácter general, un comportamiento religioso? ¿Significa eso que somos religiosos “por naturaleza”?

El desarrollo de este artículo se debe a haber leído recientemente un clásico de la antropología, El Mono Desnudo, de Desmond Morris. En este libro el autor inicia un análisis, poco exhaustivo, pero bastante amplio, de nuestra especie desde el punto de vista del comportamiento y la comparación con otras especies de mamíferos; especialmente las de primates.

En principio el libro está bien como una lectura curiosa, contiene información útil para el estudiante de ciencias, y para el profano curioso también. Pero como ya podréis imaginar, me centraré en un pasaje concreto de uno de los capítulos, en el que habla sobre el desarrollo del comportamiento religioso en nuestra especie.

Y precisamente el autor propone una explicación, mediante causas naturales, de la aparición de este hecho concreto tan importante en todas las culturas humanas conocidas (y posiblemente por conocer).

Esto me resultó bastante curioso e interesante; y por eso os explico brevemente las conclusiones.

Debemos partir de la base irrefutable de que somos animales sociales: el hecho de que nos organicemos en unidades familiares (principalmente biológicas, pero también fraternales) hace que la tendencia de reunirnos en grupos sea algo habitual.

Los domingueros domingueros, domingueros son…

Por lo que las agrupaciones para realizar algún tipo de culto religioso entrarían dentro de ese comportamiento.

Estas reuniones de culto tienen como principal fin apaciguar a un individuo dominante mediante actos de sumisión repetitivos y prolongados.

Este individuo dominante puede adquirir (o ha adquirido a lo largo de la historia) distintos aspectos:

  • Un animal de especie diferente, o una imagen idealizada de este. Un árbol también entraría en esta categoría.
  • Un miembro más sabio y más viejo de nuestra propia especie.
  • O un aspecto abstracto: el Estado, la Nación…

Los actos de sumisión pueden ser de diversa índole: cerrar los ojos, bajar la cabeza, juntar las manos en actitud de súplica, hincar las rodillas, besar el suelo o incluso postrarse en él. Y casi siempre, estos actos se acompañan de gemidos o vocalizaciones cantadas (rezos, súplicas, himnos, etc.).

Pero, ¿cómo aparecieron los “dioses”?

Para esto debemos remontarnos a nuestros orígenes ancestrales. Antes de convertirnos en monos cazadores, tuvimos que vivir en grupos sociales como los que vemos actualmente en otras especies de simios.

En estos otros animales, los grupos suelen estar dominados por un solo macho. Y todos los miembros del grupo tienen que apaciguarle, o si no, sufrirán las consecuencias.

Este macho dominante es también el más activo en la protección del grupo contra los riesgos exteriores y en la solución de los problemas acaecidos entre los miembros inferiores del grupo.

Por lo que la vida de cada individuo gira alrededor del animal dominante.

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… sufrirán las consecuencias…

Pero cuando nos convertimos en cazadores activos, la dominancia de este macho tuvo que verse limitada, ya que debía colaborar en la búsqueda y obtención del alimento. Esto es lo que se llama espíritu de cooperación.

Así que ahora aparte de temerlo, había que ayudarle. Es por esto que este macho dominante tuvo que dejar de ser un caudillo tirano, y pasar a ser lo que ahora llamaríamos líder. Es decir; un jefe más tolerante.

Al sustituirse el dominio total del miembro Número Uno, se generó un vacío importante, ya que seguía siendo necesaria una figura omnipotente capaz de tener al grupo bajo control.

Así que su falta fue compensada por la intervención de un dios.

Teniendo en cuenta lo dicho, no debería extrañarnos cuánto han prosperado las religiones. La potencia de estas no es más que la expresión de la fuerza de nuestra tendencia biológica fundamental, heredada directamente de nuestros antepasados simios, a someternos a un miembro dominante y omnipotente del grupo.

La tendencia se confirma si observamos el comportamiento que solemos mostrar en las vísperas de nuestra muerte. Suelen existir tantas ganas de reunirse con este “macho alfa”, que los preparativos del entierro y funeral suelen tomar un cariz ostentoso.

No obstante, tened en cuenta que hablo de forma general. Todos conocemos ejemplos que contradicen el derroche ornamental comentado antes.

También es cierto que cuando esta “religión” se hace inaceptable, de alguna manera u otra, se rechaza.

Pero inmediatamente resurge bajo una nueva forma, conteniendo los mismos elementos básicos.

En resumen: necesitamos “creer en algo”.

Es más, si eliminásemos toda “liturgia” relacionada con la celebración de nuestro culto grupal, crearíamos un vacío cultural.

Evidentemente, esto no significa que profesar una creencia a toda costa sea bueno. Todos los días podemos comprobar que no todos los cultos, ni todas las formas de expresarlo son aceptables.

Sobre todo, cuando los representantes de ese “macho alfa” imaginario se atribuyen parte de sus poderes omnipotentes para su propio beneficio.

Como conclusión final el autor nos presenta una alternativa que, desde mi punto de vista, sería la ideal.

Ya que debido a nuestra naturaleza tenemos la necesidad de “creer” en algo, qué mejor que ese sistema de “culto” sea el propio avance científico.

Siempre teniendo mucho cuidado con no convertirla en otra dictadura de la fe (religiosa, política y económica), como las que ya existen, siendo demasiadas aún.

El mecanismo sería el siguiente: consistiría en la creencia en el valor de la adquisición de conocimiento y la comprensión científica del mundo en que vivimos.

Esta experiencia y comprensión del mundo empírico serían los “dioses” que se irritarían en caso de que permaneciésemos ignorantes ante el mundo desconocido.

Nuestra forma de “culto” sería el estudio incansable e incesante para que, de este modo, aumentásemos paulatinamente el entendimiento de todo lo que nos rodea. Sin necesidad de profesar una fe.

Fe que, como antagonista del conocimiento, es la credulidad absoluta sin la capacidad de cuestionarse críticamente todo aquello que deseamos llegar a comprender.

No obstante, esto último no deja de pertenecer a una bonita Utopía.

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