O “La Biblia y los Cuentos de Hadas IV”.

Bien, en esta ocasión debemos reconocerle la sorpresa tanto a creacionistas, como a científicos y profanos en la materia (aunque los creacionistas ya estarían incluidos en esta última categoría):

VIGÉSIMO NOVENO ARGUMENTO:

# 29 SI LOS DINOSAURIOS REALMENTE SON DECENAS DE MILLONES DE AÑOS (hay que fastidiarse con el traductor google…), ¿POR QUÉ LOS CIENTÍFICOS HAN ENCONTRADO HUESOS DE DINOSAURIOS CON LOS TEJIDOS BLANDOS EN ELLOS? LO QUE SIGUE ES DE UN INFORME DE NBC NEWS ACERCA DE UNO DE ESTOS DESCUBRIMIENTOS:

DURANTE MÁS DE UN SIGLO, EL ESTUDIO DE LOS DINOSAURIOS SE HA LIMITADO A LOS HUESOS FOSILIZADOS. AHORA, LOS INVESTIGADORES HAN RECUPERADO DE (¿?) TEJIDO BLANDO DE 70 MILLONES DE AÑOS DE EDAD, INCLUYENDO LO QUE PUEDE SER VASOS SANGUÍNEOS Y LAS CÉLUAS, A PARTIR DE UN Tyrannosaurus rex.

Es cierto que hasta hace algo menos de dos décadas se pensaba y afirmaba, con rotundidad, que solo las partes duras de los organismos vivos podían fosilizar. Ya no por el hecho de ser partes duras como tal, sino por el hecho de los procesos de sustitución de minerales que se produce durante la fosilización (en su mayoría, estas partes duras que se conservan en los fósiles contienen minerales bien de fosfatos, bien de carbonatos -huesos, dientes, caparazones, etc-).

Con lo que, al haberse descubierto tejidos blandos fosilizados, ya daba pie a aquellos creacionistas defensores de la Tierra Joven (son los que defienden que la edad aproximada calculada por astrofísicos y geólogos, de unos 4.600 millones de años, es una patraña, y que la única manera de calcular correctamente la edad de nuestro planeta es basándonos en la cronología tan “real” de la Biblia, con lo que la edad que estos individuos aseguran que la Tierra tiene es de unos 6.000 años).

Por lo que siguiendo su argumento: “si los paleontólogos dicen que solo fosilizan las partes duras de los seres vivos, porque al haber pasado tantos millones de años, ha pasado tiempo de sobra para que los tejidos blandos se descompongan completamente. Por ello no queda más que concluir que la Tierra es igual de joven como la Biblia dice ya que se han encontrado restos blandos dentro de los fósiles”.

Pero no. No es así.

Grande fue la sorpresa cuando, en torno al año 2003 (aunque posteriormente, unos resultados algo más definitivos, se publicaría en 2007), se encontraron proteínas del tejido blando bajo el hueso de un Tyrannosaurus rex. Concretamente colágeno, que es una proteína con función estructural y que, junto con el cartílago, forman la estructura inicial de los huesos.

El caso es que, para comprobar si era cierto eso, hubo que desmineralizar el hueso y así poder dejar al descubierto dicho colágeno y comparar dicha muestra con la estructura típica de líneas y bandas cruzadas que presenta esta molécula de la que estamos hablando.

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Estructura microscópica de las fibras de colágeno. Fuente.

Las pruebas y técnicas usadas para verificar si se trataba de este tejido blando y no de alguna otra estructura, formada durante la fosilización, que pudiese dar pie a errores o confusiones fueron las técnicas de microscopía electrónica, microscopía de fuerza atómica y pruebas con anticuerpos que reaccionan con el colágeno (uniéndose a él).

Lo mejor de todo es que el colágeno es una molécula relativamente fácil de identificar, y que ninguno de los microbios que vivan en el entorno más inmediato a esta molécula pueden fabricarlo (cosa que, de nuevo, podría inducir a confusiones y errores). Con lo que, una vez encontrado, significaría que fue producido por el propio dinosaurio… eso sí; con las moléculas bastante alteradas por todo el tiempo transcurrido y los procesos químicos acaecidos.

Y, aunque por aquel entonces las evidencias no eran definitivas, posteriores análisis con la espectrometría de masas obtuvieron la secuencia de una proteína de 68 millones de años de antigüedad y pudieron identificarla (esta técnica utilizada es muy sensible, de tal modo que aunque tengamos muy poco material de muestra, es capaz de identificar sus componentes).

Finalmente se pudo verificar que esta proteína del T. rex compartía ciertas similitudes con las salamandras, ranas y gallinas (lo cual, indica su parentesco “cercano” con estas últimas).

Por si fuese poco, un par de años más tarde (2009) la misma autora del anterior descubrimiento confirmó algo similar con otro tipo de dinosaurio; un hadrosaurio (los comúnmente conocidos como “dinosaurios con pico de pato”). Con lo que, el que estos sucesos ocurran durante la fosilización de los seres vivos, no parece tan poco frecuente como se pensaba.

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Brachylophosaurus canadensis, dinosaurio de “pico de pato” en donde se encontró también tejido blando fosilizado.

PERO LA COSA NO ACABA AQUÍ.

Cierto es que, según van pasando los años, más descubrimientos se realizan. Y muchas de estos aparecen tras haber vuelto a analizar las muestras que ya teníamos, solo que desde otra perspectiva. Es por esto que con cuanta más minuciosidad se miran los diferentes hallazgos, y más sofisticadas son las técnicas, más se puede llegar a conocer. Es lo bueno de la ciencia, que para que sea de calidad necesita no caer en dogmas y debe ser capaz de autocorregirse si es necesario (cuando las nuevas pruebas indican que hay que hacerlo, claro).

También es verdad que siempre es necesario ir con cautela a la hora de hacer públicos ciertos descubrimientos, ya que las ganas de descubrir nuevas cosas le pueden hacer a uno precipitarse y sacar conclusiones erróneas o equivocarse. Y motivo de ello es que, de vez en cuando, sea necesario llevar a cabo estudios que contrasten aquellos que nos proveen novedades, para verificar si es cierta la “primera impresión”.

Para el caso que nos ocupa, el de la preservación de los tejidos blandos en los fósiles, también hay equipos de investigación que intentan imitar las condiciones bajo las cuales se produce la fosilización de los restos de seres vivos. Uno de esos estudios advirtió que hay otras proteínas, como la queratina (material con el que están hechos el pelo, uñas, escamas de reptiles y plumas), o la sangre, no suelen fosilizar ya que estas sustancias se disuelven en el agua debido a los procesos químicos y físicos (altas presiones, ciertas condiciones de oxidación y reducción del ambiente, microorganismos…) a los que estas muestras quedan sometidas.

No obstante, los descubrimientos continúan: ya en 2011 se descubrió en el cráneo de un mosasaurio (“reptil” marino que vivió durante la época de l os dinosaurios) más colágeno; en este caso de tipo I. La antigüedad de este fósil es de unos 70 millones de años. Se descubrió mediante la aplicación de técnicas como la del sincrotrón basado en la microespectroscopía de radiación infrarroja. Dicha técnica mostró los aminoácidos contenidos en este tejido fibroso del hueso.

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Mosasaurio: comparación de tamaño respecto a una persona.

Por lo que ya quedó claro que no solamente se conservan estos tejidos blandos en los huesos largos del cuerpo (los de las extremidades), sino que en los huesos planos (cráneo, vértebras) también. Además quedó comprobado que estos tejidos blandos también se pueden conservar en depósitos sedimentarios marinos (calizas), a parte de en las areniscas fluviales (caso del T. rex).

De tal modo, esto es un “suma y sigue”, pues se siguen descubriendo restos de tejido blando en huesos de otras especies prehistóricas. E incluso en individuos de más antigüedad aún (195 millones de años), como en el caso de 2017 en donde se pudo analizar en el hueso de la costilla de un Lufengosaurus sp.

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Lufengosaurus sp.

¿CÓMO PUEDEN CONSERVARSE ESTOS RESTOS BLANDOS?

Como no podía ser de otra manera, en la paleontología (concretamente en el campo de la tafonomía, o lo que es lo mismo, la rama que estudia los procesos de fosilización) ha sido un tema bastante controvertido y polémico esto de la conservación de los tejidos blandos. Como comenté al principio se pensaba, casi sin asomo de duda, que los tejidos blandos no podrían conservar ya que estos se deterioran muy rápidamente tras la muerte del individuo. Y, de hecho, a lo largo del tiempo ha habido varios intentos de explicar este fenómeno que han resultado infructuosos.

Pero un equipo de la Universidad de Yale ha publicado hace bien poquito (en el presente mes de noviembre de 2018) una investigación que consistió en el examen de treinta y cinco muestras de huesos fósiles, cáscaras de huevo y dientes para comprobar si preservaban restos blandos proteínicos y, así, conocer su composición y determinar las condiciones bajo las que son capaces de conservarse durante millones de años.

Aunque ya se sabía que este tipo de tejidos pueden perdurar en medios oxidantes como las areniscas y las calizas poco profundas, parece ser que estos tejidos se transforman en productos de avanzada glucoxidación y lipoxidación (“azúcares” y “grasas” oxidadas, respectivamente), estado químico que les permite ser resistentes a la degradación, análogamente a los compuestos químicos que dan color a la capa oscura de las tostadas.

Estos compuestos poseen un color marronáceo , son hidrofóbicos (resistentes al agua) y tienen propiedades que les hacen difíciles de consumir a las bacterias. ¿Con qué metodología técnica se pudieron analizar? Con la microespectroscopía Raman, que es un método no destructivo que analiza tanto los contenidos orgánicos como inorgánicos de la muestra.

Por tanto, el mundo de la ciencia no deja nunca de sorprendernos cada vez que se rebasan los límites del conocimiento real del mundo que nos rodea. Estimulante, ¿verdad?

Espero que os haya parecido interesante y ameno. Nos vemos en la próxima.

Como es habitual, aquí tenéis la entrada en PDF.

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